Ritos de paso y el juego simbólico en la infancia
Ilustración de David Pogran.
Ayer hacía un día precioso, así que decidimos ir a comer al campo. Mientras mi hijo y yo esperábamos a que Núria llegara con la comida, estuvimos un rato jugando.
En el interior de la furgoneta, con la ayuda de unas sábanas, mi hijo construyó un madriguera de zorros.
—Yo era un zorro pequeño y tu eras mi padre, ¿vale, papi?
Entraba y salía de la madriguera, trepaba, se hacía de noche y entonces aparecían la luna y las estrellas, y al poco, «¡quiquiriquí, ya es de día!».
Mi rol, en el juego, empezó siendo pasivo, me iba adaptando a sus propuestas, le seguía en su juego con pequeñas aportaciones. Hasta que decidí que quería que me diera un rato el sol y salí al exterior.
—¡Pero ahora era de noche! —dijo.
—Sí, pero es que los zorros cazan de noche.
Se quedó un momento silencio mientras yo satisfacía mi deseo. Y de pronto, dio un saltó para entrar en la noche.
—¡Vale, sí! Este zorro todavía era pequeño, así que tenía un poco de miedo, pero poco a poco se atrevió a salir y empezó a explorar también, ¿vale? ¡Y descubrió y aprendió muchas cosas!
El juego simbólico cumple en la infancia una función semejante a la de los ritos en las culturas tradicionales: permite que las experiencias se elaboren, se transformen y adquieran sentido. A través del juego, no solo imaginamos, sino que recreamos el mundo para poder habitarlo. Cada historia, cada personaje, cada objeto que transformamos en otra cosa —una sábana en madriguera, una piedra en luna— es un ritual con el que damos forma a nuestra experiencia interior.
Los ritos, en su sentido más profundo, son espacios donde lo visible y lo invisible se encuentran, donde la vida cotidiana se abre a lo simbólico. En el juego ocurre lo mismo: el niño transforma lo ordinario en extraordinario para ensayar su relación con el mundo, con el peligro, con el miedo, con la autonomía, con la pérdida y con el amor. En ese territorio de ficción, puede experimentar sin consecuencias definitivas, explorar límites, morir y renacer, ser pequeño y ser grande, perderse y volver a casa.
Cuando los adultos acompañamos el juego con presencia —sin dirigirlo o interrumpirlo demasiado—, estamos participando de un rito de paso. El niño no juega por jugar; está organizando su mundo interno, poniendo orden en lo vivido, encontrando su lugar en la trama de la existencia. Cada vez que como adultos aceptamos entrar en ese juego, con respeto y con entrega, nos convertimos en testigos y en guías del proceso simbólico que sostiene la vida psíquica del niño.
El problema es que nuestra cultura ha perdido los ritos de paso. Hemos dejado de ofrecer espacios donde las transformaciones puedan ser acompañadas, donde el tránsito entre etapas tenga un sentido compartido. Ya casi no existen ceremonias que ayuden a niños y niñas, a adolescentes (y también a los adultos), a transitar los cambios que se dan en la vida, a «despedirse» de una forma de ser para adentrarse en otra. Apenas disponemos de rituales que legitimen los cambios, los duelos o los aprendizajes. Así, en la infancia, nos vemos empujados a cruzar esos momentos sin mediaciones simbólicas, sin tiempo para integrar lo que vivimos.
Ante esta carencia, el juego simbólico se convierte en el último refugio de lo ritual. Es ahí donde el niño todavía puede ensayar su paso de la dependencia a la autonomía, de la fusión a la individuación. Pero cuando los adultos interrumpimos o desvalorizamos ese juego —quizás porque nos queda muy lejos y nos hemos olvidado de que jugar es atemporal— interrumpimos ese proceso, ese tránsito silencioso entre lo que fue y lo que está naciendo.
Recuperar el valor del juego simbólico como un territorio sagrado de transformación es una forma de devolverle a los infantes lo que como cultura les estamos arrebatando: el derecho a transitar sus propios ritos de paso, a darle sentido a lo que sienten, a crecer sintiéndose respetados, a abrirse al mundo con la confianza de que lo que sienten es legítimo, a adentrarse con curiosidad a lo desconocido, y con un sumo respeto hacia lo distinto y diferente.
